la droga del amor (vol. 2)

Por Carlota Garabito

¿Necesitas refrescar la primera parte? no te preocupes: la droga del amor (vol. 1)

Entramos en un bucle del que era difícil escapar. Los eslabones de la cadena cada vez mejor puestos. En el primer año de convivencia murió su madre. A partir de ahí todo se centró en él. Andaba con pies de plomo a cada paso, pero pobrecito, después de tener que asimilar una realidad tan dura, ¿Cómo no iba a estar sensible?, tocaba tragar. Él había estado ahí para mí en otras ocasiones, y yo esperaría que él lo estuviera si fuera yo la que estaba pasando por su situación. Lo que al principio fue fundamentado en comprensión con la esperanza de poder ayudarle a salir de ese supuesto pozo sin fondo, se transformó en un miedo atroz compartimentado con una esperanza de que cambiaría por mí, porque en el fondo me quería. O eso pensaba.

Al principio tenía episodios de rabia explosiva, me gritaba, o ignoraba durante horas. Pero era porque estaba en un mal momento, ¿Cómo afrontaría yo la muerte de una madre si me tocara pasar por ello?. Además, muchas veces las situaciones las provocaba yo, o eso me decía. Las pocas veces que se sentía con fuerzas de salir, que eran las pocas veces que veíamos a los que eran nuestros amigos desde la universidad, hacía bromas dirigidas hacia mi. Pero, ¿Qué más daba un poco de broma a mi costa si eso significaba que estaba recuperando su sentido del humor?, ¿Qué más daba si eso significaba que le estaba ayudando a ser su yo feliz de nuevo?. Ser yo su pilar de recuperación me sentaba bien, más bien que mal. Después de esas quedadas me decía que llevaba mucho tiempo sin pasarlo tan bien, que estaba tan feliz de ser mi pareja. Un apoyo incondicional a mi lado, que cualquier otra chica se ofendería a la mínima, pero yo le entendía, yo le hacía sentir bien. Y entonces, el pequeño bajón causado por sus ‘bromas’, era recompensado con un chute de autoestima. Mi pareja me quería, mi pareja se estaba recuperando, mi pareja se sentía apoyada por mi. La droga del amor. 

Y con la droga del amor estuvimos funcionando mucho tiempo. Un chute de autoestima de vez en cuando, el suficiente para que sintiera que todo merecía la pena, que había esperanza, que iba a volver a ser el Diego de antes, que se iba a recuperar. Para luego sufrir una resaca que aumentaba cada vez más la intensidad. Y que pronto acabaría conmigo. Mis amigos se empezaron a dar cuenta, mi familia también, me intentaron hacer ver, pero yo estaba empeñada en que estaba haciendo lo correcto. Yo era la única que podía ayudarle, ellos no lo entendían, nunca lo entenderían. Si ellos no eran capaces de entender que nos necesitábamos mutuamente, que yo estaba haciendo lo correcto, pues a lo mejor no les quería en mi vida. Él me necesitaba, yo le quería. 

Muy pronto los brotes de rabia explosiva pasaron de tomar forma en gritos a golpes. Pronto las bromas a mi costa, ya no eran bromas, pero solo quedaba yo para escucharlo, porque todos los demás se habían alejado del ambiente tan tóxico que habíamos creado. Llegados a este punto yo ya sabía que esto no era normal, que no estaba bien. Pero no podía salir. No podía escapar. Mi instinto de salvadora se había esfumado, lo había reemplazado otro mucho más fuerte, el de supervivencia. 

Cuando encontraba las fuerzas para salir, él se encargaba de bajarme de nuevo. Tenía dos maneras para hacerlo. O mostraba un arrepentimiento feroz, haciendo ver que se había dado cuenta de que lo había hecho mal, haciendo ver que cambiaría por mi, porque me quería, porque me amaba. Devolviendo de esa forma la pequeña esperanza que me quedaba de recuperar a mi Diego, y de que el monstruo que le había sustituido desapareciese. O, en su defecto, me castigaba a base de golpes y abusos de otro estilo. Dejando siempre claro que dejarme con vida era la recompensa por no salir por la puerta. 

Cualquier ansia de libertad, cualquier ansia de escape, se veía eclipsada por la supervivencia, o en su defecto, la engañosa esperanza que asomaba con su veneno en los momentos más bajos. 

Y así había acabado. Yaciendo en sus brazos, con mi cuerpo maltratado, lleno de moratones, lleno de sangre, lleno de heridas. Y en ese momento, me di cuenta de que valía más la muerte, que estar muerta en vida. Tome la decisión, y con las últimas fuerzas que me quedaban después de haber recibido la paliza más brutal hasta el momento, conseguí soltar un susurro casi imperceptible, pero que sabía que él oiría. “mátame.” 

Y note como me dejó en el suelo tirada. Oí cómo cogía un cuchillo de la cocina. Cerré los ojos y sentí como el que se suponía que era mi amor, acabó la sucia tarea que había empezado hace tantísimo tiempo. Y mi último pensamiento fue sentir que tenía razón, ese al que describí durante tanto tiempo como el amor de mi vida, resultó ser en realidad mi verdugo.

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