estrés post-erasmus

skyline de Austin, Texas

Hoy es un día aleatorio, pero es precisamente en días como hoy cuando no puedo evitar pensar en lo diferente que era mi vida hace un año. Tras pasar once meses en otro continente, me he vuelto una invitada en mi propia vida. Dicen que en una vida podemos vivir muchas. Claramente los últimos once meses ha sido una de ellas. 

¿Qué son once meses frente a veinte años? Al parecer cambios sustanciales, experiencias transformadoras y un sentimiento nómada eterno. Vives en tus recuerdos y ya no reconoces nada de lo que una vez te fue tan familiar. Aunque siempre he sido de aquí ya no sé a dónde pertenezco. Es que se te queda un pie en tu casa de siempre y el otro en el aire. Porque en realidad, sabes que en Texas ya no lo tienes. Pruebas tu nueva vida y luego ya no reconoces el sabor de la de siempre. No es peor, pero desde luego es diferente. Intentas incrustar tu nueva identidad en la vieja vida y no todas las piezas encajan del todo. Se quedan huecos y sobran partes. Se resiente todo, tus relaciones porque ya no eres la persona de la que se hicieron amigos. Y tú te resientes porque ya no estás ahí, y por sentirte así. Volver a casa debería de ser un abrazo, no una garra que te arranca de un hogar. 

Son ciudades que te marcan porque es donde te estableces como individuo por primera vez. Te haces la ilusión de ser adulto, aunque sea una fantasía con billete de vuelta. Cuando termina te quedas flotando. En el espacio entre quien fuiste y quien eres. Volver a casa lo ves como algo temporal, un respiro. La parada en boxes necesaria para buscar tu siguiente vida. Hasta que flotes a tu próximo destino. Buscar nuevas ciudades en las que arraigarte para aumentar, sin darte cuenta, el desarraigo en todas. 

Puedo perseguir mi experiencia todo lo que quiera, puedo volver incluso. Pero nunca volveré a vivir en Austin con veinte años. Nunca será lo mismo. Me parte el corazón pensar que la ciudad que yo conocí dejó de existir conmigo. Que si vuelvo no será la ciudad de la que me enamoré. Puede que se repita, como quien se enamora de un ex. Sin embargo, el pensamiento de llegar y en lugar de sentirme como en casa, sentirme como quien ve a un desconocido que una vez fue su amigo, me aterroriza. En 2020 éramos las dos jóvenes. Estábamos creciendo, empezando. En 2050 quién sabe lo que me encontraré cuando vuelva. Si es que vuelvo. Entonces será para tener otra vida más. Desde luego ya no será la ciudad que conocí. Porque ya estaba empezando a desaparecer cuando hice las maletas. Así que quién sabe dónde estará para entonces la parte que me dejé ahí. 

Es imposible olvidar tu año porque ni quieres ni te dejan. Tu Erasmus se convierte en un pensamiento intrusivo que no te abandona. Es como un compañero constante que te susurra al oído mira, pues cómo en Texas ¿te acuerdas?  Acabas de volver durante meses, te fuiste de intercambio durante los años siguientes. Lo que fue tu hogar temporal se convierte en tu mayor rasgo identitario durante lo que parecen siglos.  Se convierte prácticamente en un trastorno, como el de un soldado que vuelve a casa. Nos convertimos en veteranos de nuestra mejor vida.

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