la droga del amor (vol. 1)

Por Carlota Garabito

Yaciendo en sus brazos, con mi cuerpo maltratado, lleno de moratones, lleno de sangre, lleno de heridas, me di cuenta de a qué me recordaba la escena. Me recordaba al cuadro del despacho de mi primera jefa, ese que tanto mal rollo le había dado a mi yo de 20 años. El cuadro mostraba a dos niños, o bueno, adolescentes. Estaban encima de una montaña, desde la que se podía contemplar una casa, donde asumo que vivían. Esto son detalles sin importancia, la realidad es que a mí lo que me llamaba la atención era la posición en la que se encontraban los jóvenes. Él, sentado, mirando a la que suponía que era su chica con atención. Y ella, dormida en sus brazos, tan frágil, tan sumisa, sin control. Igualita que yo, ¿Cómo había podido llegar yo a esta situación? Eso es lo que me pregunté una y otra vez. Aunque, si era realista, sabía perfectamente cómo había llegado a estar así. 

Todo empezó hace diez años. Cuando lo pienso parece que me estoy remontando al paleolítico, sé que no es así, pero diez años, cuando entras en un bucle sin sentido, se pasan muy despacio. Llega un punto en el que desaparece la noción del tiempo. Yo era una estudiante de prácticas, trabajo social estudiaba, para ayudar a toda esa gente que estaba metida en un agujero sin salida, que irónica es la vida. Era una de esas niñas bien, tampoco voy a mentir, lo tenía todo en la vida para petarlo. Colegio privado, primera opción en la universidad, familia ejemplar, guapilla (o eso me han dicho siempre), buenas notas, gimnasta y un grupo de amigas para flipar. A todos se nos ocurre alguien del perfil. En esa época conocí al que creí que iba a ser el amor de mi vida y resultó ser mi verdugo. 

Nuestro primer encuentro fue en la mañana de mis primeras prácticas, es decir, en el primer día de curro de toda mi vida. Las prácticas eran en un centro de salud mental, a las afueras de la ciudad. Aún recuerdo lo emocionada que estaba. Nada más entrar en el hospital me recibió con los brazos abiertos para  guiarme a la sala de las taquillas. Era más guapo el tío, Diego se llamaba. Un morenazo de metro 80, con gafas al estilo Harry Potter y una manera de llevar el uniforme que decía, lo intento, pero no demasiado. Ese día hicimos buenas migas, me contó que llevaba ya medio año de prácticas en el hospital, y que le gustaba referirse a sí mismo como el veterano interino, toma oxímoron. Al llegar a casa me encontré una nota suya en mi bolso: Blanca, te espero el Sábado a las 6 p.m. en el metro de Princesa, si apareces guay, sino, bueno, pillo la indirecta 😉 . Y recuerdo perfectamente que pensé: Directo y atrevido, me gusta, y sinceramente ¿Por qué no ir?. Y fui. 

Juro que ese día me hizo sentir como si estuviera en una nube, fue todo perfecto. Al salir del metro me estaba esperando con un girasol en mano. Fuimos a un cine que parecía recién salido de los 80, a unos minutos del metro, uno de esos sitios escondidos que te encuentras por el centro de Madrid. Cuando entramos en la sala había un par de personas esparcidas por la parte de atrás, pero a parte de eso estábamos completamente solos. Pero no se sentía así, con él nunca me sentí sola. Nos sentamos y empezamos a ver la película, parecíamos dos adolescentes que estaban en su primera cita, riéndonos, comentando a susurros, y cada vez el uno más cerca del otro. A mitad de la película, los centímetros que separaban nuestras caras desaparecieron. Fue un beso rápido, travieso. Cuando nos separamos noté como me iba ruborizando por segundos, que vergüenza, odiaba sonrojarme, supongo que a él le pareció tierno. Me cogió la mano y así nos quedamos hasta que acabó la película. Salimos del cine, comentando una trama a la que no habíamos prestado mucha atención, llegamos a un bar por la zona que tenía pinta de ser barato, entramos y nos pedimos unas birras. Nos emborrachamos a base de cerveza a lo largo de toda la noche. Me acuerdo que me tenía fascinada. Cuando nos pusimos a hablar me dijo que su estilo no era la conversación de relleno, que él quería conocerme de verdad. Me sentía tan cómoda. La noche fue de intercambiar secretos, intimidades y deseos. Al salir del bar no quedaba mucho por descubrir, o eso pensaba. Creía haber vivido el largo proceso de construir un vínculo de confianza en unas horas. Nos perdimos de noche por las calles de Madrid, y en esas calles oscuras llenas de extraños yo me sentí más segura que nunca. Llegó un punto en el que el cuerpo nos pidió descansar, demasiado alcohol en vena. Esta era la experiencia más atrevida que había vivido nunca. Nos sentamos en un parque que había por allí. No se como, pero acabamos besándonos, y follando. Total, ¿Qué quedaba por esconder? Nada. Habíamos puesto todo sobre la mesa. O eso pensaba. 

A partir de ese momento todo fue en escalada. Quedamos un par de veces más, todas igual de mágicas que la primera. Él decía estar perdidamente enamorado de mi. Yo le quitaba importancia, me pasaba todo el día con la palabra “exagerado” en la boca. Él en respuesta me decía que era una cínica del amor. Yo no quería pareja, pero después de mucho insistir por su parte en que era la mujer de su vida, cerramos la relación. Me hacía sentir bien. Tenía novio por primera vez en mi vida, y no voy a mentir, era una droga para mi autoestima. Hasta que dejó de serlo. 

Los primeros años empezó con detalles muy pequeños. No los supe identificar hasta mucho después. La verdad es que me dediqué a quitarles importancia durante muchísimo tiempo. El primero de ellos fue esa insistencia casi ansiosa por cerrar la relación, por ser su novia. Qué importantes son las palabras, y que poca atención prestamos a lo que significan realmente. Luego fueron uniéndose más gestos que poco a poco construyeron el pozo en el que me estaba metiendo. 

Recuerdo algunos de esos momentos como si hubiesen pasado ayer. El día que terminé mi TFG no quiso cenar conmigo para celebrar, que estaba muy cansado decía, lo atribuí a un mal día. Una vez me enfadé porque me dejó media hora esperando en la puerta de la calle, me dijo que habíamos quedado claramente a las 16:30, no en punto, e insistió tanto que me lo acabé creyendo, total, mi memoria no era tan buena, ¿Verdad?. Me puse un poco de colorete para trabajar, y me aconsejó quitármelo, según él trabajaba con chavales que podían sexualizarme, estaba solo mirando por mis intereses, no quería que me llegase a sentir incómoda en el trabajo ¿Y qué otro motivo iba a tener? Estas cosas solo las veía yo. Ponía todo en una balanza y sabía que en general me hacía sentir bien, y que soportar momentos puntuales malos era parte de cualquier relación, lo que no contaba era que cada vez esos pequeños momentos se iban haciendo más frecuentes. El mal día ya casi era un mal año. Los demás no empezaron a notar nada hasta que nos fuimos a vivir juntos, ahí empezó el verdadero infierno.

¡Ya puedes leer la segunda parte! la droga del amor (vol. 2)

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